martes, 14 de septiembre de 2010

Capítulo 70: Dedos

Mary, estoy super bien. Te llamé el otro día a tu casa y no contestó nadie. Mi móvil de la pega ya casi no toma celular. Estoy tapao en pega si, con decirte que estoy yendo en la semana ahora, por la güea de fiestas patrias. Espero podamos hablar. Te extraño mucho. Te amo.

Sus labios se sintieron como el dulce encuentro de aquella noche que nos bajamos apurados y apasionados. No sé por qué y tampoco sé si lo recordará, pero durante dos segundos me tomó dos dedos da la mano derecha, logrando decirme con tal pequeño gesto que los días se hacían eternos o que tal vez no se quería ir.
Ojalá supiera que verla esos minutos fue un momento normal demasiado genial entre medio de días tan ajetreados como estos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Capítulo 69: Puertas

Cuando se cierra la última puerta, se debe tener mesura para seguir caminando y saber que a la vuelta de la esquina hay otra.

martes, 7 de septiembre de 2010

Capítulo 68: Segunda Parte

Lorena me contaba, mientras esperaba a Joselyn, que las tesoreras fueron las que más hicieron eco del cacho de los 12 ron. Nadie en el supermercado reconoce que te esforzaste en resolver el problema... prefieren cuchichear detrás de las espaldas y encargarse de que el recuerdo del condoro perdure por semanas. Pero importa bien poco, en realidad. Las tesoreras son un grupito de brujas arrojadas en el rincón mas escondido de todo el local, y nadie hace de tema de conversación los problemas que ellas ruegan difundir.
Entonces hablar con Lorena, una mujer de unos treintas y tantos, de mirada penetrante gracias a sus ojos desorbitados, pelo crespo largo y negro, y una voz que encanta a muchos, me tranquilizó de sobre manera. Pero qué sabía yo si mi jefa había decidido no mostrar su disgusto para que a mi llegada nadie me adviertiera del escarmiento que recibiría en mi encuentro con ella. De hecho, Monica no me dijo nada del problema cuando llegué, siendo que a ella la llamé para hacer las consultas pertinentes.
Fue cuando por el pasillo de los artículos de aseo apareció Joselyn caminando. Guardé los lentes, respiré hondo para que mi "hola" sonara firme y energico. Me saludó y me hizo caminar hacia la escalera que lleva a la oficina de informática.
"Omar, necesito que chequeés todas las cajas y me anotes en una lista que te voy a entregar todo las fallas que encuentres o si les falta algún cable" me dijo "Hay que mandarle un correo a Gabriel para que me haga un presupuesto de todo lo que nos falte, para así tener todo el líneal en completo funcionamiento para las fiestas"
Yo sólo asentía. Tengo la mala costumbre de asentir todo lo que me digan, como esos perritos que van pegados en el panel del manubrio de los taxistas, y no paran de mover la cabeza, como si tuvieran quebrado el cuello.
"Yo no he podido hacer nada porque he estado ocupada en Contraloria y la Carmencita no vino"
¿No vino?
"¿Por qué no?" le pregunté, sabiendo que la respuesta sería: Se sintió mal po'
"Está con sintomas de perdida" me dijo entre preocupada y agotada por el tema "Carmen Embarazada"
No me lo esperaba. Carmen llevaba más de un año intentando quedar embarazada de su pololo de toda la vida, y hace tres meses el test había dibujado la que fue para ella una hermosa cruz azul. Y ahora, después de todo la espera, la vida le recordaba que no todo es tan bello.
En eso apareció Alejandra. Hablé de ella hace muchos capítulos atrás. La cajera incisiva y copuchenta es ahora compañera mía en la oficina de sistema, y siendo bien sincero tengo otra imagen totalmente diferente de ella. Eso si saluda de la misma forma que hace muchos capítulos atrás; con una sonriza de oreja a oreja me encontró con un fuerte abrazo y un apretado beso.
"¿Cómo estaí, güachón?"
"Bien ¿Y tú, compañera?"
"Con más pega que la chucha... pero bien" me dijo sonriendo fingidamente.
Era obvio, estaba la jefa al lado.
"Omar ¿Puedes venir mañana?" me preguntó Joselyn de repente "la Carmen tiró una licencia por once días" dijo ahora más agotada por el temita en cuestión.
"Justo ahora" fue lo único que pude decir, y no de egoísta, si no con respecto al momento que está viviendo la encargada de comparativa. Acababa de cambiarse de casa y hace poco terminó su título de estilista. Es increible cómo todo puede acabar de un momento a otro, y peor aún cuando no se está acostumbrado a las fuertes caídas. Recuerdo cuando con los ojos brillosos de lágrimas me contó que la regla no le llegaba hace dos semanas. No, ella no dice "Quizá estoy embarazada". Su espontaneadad está colgando en el borde de sus labios y dice las cosas como le suceden literalmente.
"Justo ahora" hizo de mis palabras un eco la jefa, pero obviamente refiriendose a la falta de personal en una fecha fuerte como ésta. La celebración del Bicentenario es en menos de una semana más, y todo el comercio sufre el extasis del chileno: comprar a útima hora. Y nosotros como supermercado tenemos que estar preparados para cualquier percance, y estar todos, obviamente.
Alejandra se fue. Joselyn me hizo subir a la oficina. Entonces algo me dijo que tenía que preguntarle por el problema de los ron. Como me dijo Camila "Ya, pero no nos podemos hacer los tontos" Y le pregunté sin miedo a nada.
"¿Qué rones?" me preguntó desfigurandose de lo extrañada que estaba por la pregunta.
"¿Noooo supiste?"
"Algo escuché... pero creo que las tesoreras arreglaron el cacho" dijo totalmente desentendida del tema.
Yo sólo quise desfallecer al recordar todo el esfuerzo quemado por arreglar tal problema.

Exquisitas noches tibias que se funden a fuego lento en nuestras memorias.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Capítulo 67: Lo Necesario

Primera Parte

"No sé. Ella es tan rara..." dijo.
1-1-0-9. Asterisco. Me giré sobre la silla y continué imprimiendo los números pedidos.
Carmen tomó la tijera y siguió recortando las hojas.
Se abrió la puerta después de ingresada la clave, y unos tacos se sintieron venir. A nosotros no nos importaba quién viniera. Siendo alguién que conocía la clave de acceso, nos permitía saber que era alguién de un cargo importante.
Era Joselyn la que entraba a sistemas. Me levanté y la saludé. Su rostro era diferente al de hace dos fines de semana. Monica, al parecer, tenía razón.
"Que bueno que están los dos" dijo y se sentó sobre su silla.
Con Carmen nos miramos nerviosos y nos giramos a escucharla.
La reunión duró una hora.

"Necesitan factura" dijo don Exequiel.
"Yo voy" le dije.
Había sido un buen fin de semana. La conversación con Joselyn me dejó totalmente cargado de energias renovadas, quitandome de raíces los miedos y los prejuicios frente al desafio de tomar la jefatura del departamento de informática. Y estaba tranquilo. Me quedaba media hora para salir y había hecho todo el trabajo con el debido cuidado que se le debe. Pero la vida siempre te pide un poco más. Nunca hay que fiarse.
La compra que iban a realizar los clientes, una pareja con su hija, consistía en 114 rones de la más alta variedad de marcas. Y lo más seguro es que eran comerciantes, ya que esperaban ansiosos en la caja de factura la facturación del centenar de rones, para así restar cualquier problema con servicios de impuestos internos. Sumado a que Tottus tenía todos los ron con un 40% de descuento comprando con la tarjeta de credito CMR. Ellos harían uso del provechoso descuento.
"Don Exequiel, necesito a un propinero" le dije al subadministrador, mostrandole los dos carros copados del licor caribeño.
"Okey"
"Es mejor que nos pasen las bolsas, porque así yo los empaco abajo en el subterraneo, cuando llegue a mi auto" me dijo el cliente.
"Ningún problema" le dije, pero cuando le quise informar al jefe, ya había llegado una propinera.
"¿Sabes? No va a necesitar empaque. Gracias" le dije.
La chica de buena forma aceptó. Fue entonces cuando apareció la persona que faltaba para que toda la compra se convirtiera en un fiasco. Lorena, de buena persona, se acercó a ofrecerme ayuda.
"¿Te voy contando los ron?"
Eran demasiados para llevar un orden de cuantos eran. Obviamente acepté. Ahora escribiendo pienso que debería haberle dicho que no se preocupara, que yo facturaba la compra para que ella siguiera apoyando como supervisora.
"Sus documentos" le pedí al cliente, un tipo de mirada simple, que escondía su paciencia tras el reflejo de sus lentes y una poblada barba.
Para poder facturar una compra necesito el carnet del cliente, para respaldar con el rut del comprador el documento. El cliente me pasó su carnet y la tarjeta CMR. Entonces se produjo la segunda acción que nos llevaría al fracaso. La primera había sido tomar la compra.
"¿Había comprado antes acá?" le pregunté.
"No. Es primera vez" respondió.
Ojalá no hubiera sido su primera vez, pero no había nada que hacer. Las cosas eran inevitables. Tenía que inscribir al cliente en el sistema para que la factura llevara sus datos. Le pedí una dirección y me dirigí a centro de servicio para registrarlo en el computador. Fue en mi ir y volver, cuando Lorena decidió por si sola tomar ella la compra. Entonces sería yo el que contaría los rones. No quise decirle que ella los contara, ya que el procedimiento para realizar una facturación era demasiado largo y tedioso, más aún al comprar con CMR. Primero se debe ingresar el rut del cliente dos veces para efectos de la factura. Luego se pasa el producto. Se efectua la transacción con CMR, en donde nuevamente se debe ingresar su rut. Y por último esperar la emisión de la factura, una hoja de cuatro copias, en donde dos quedan en nuestro poder y las restantes son del cliente. Sumado al hecho de que el sistema de cajas permite llevar seis promociones, es decir, que al pasar seis rones, se tenía que cortar la boleta para que el descuento se hiciera efectivo. Si se pasaba un septimo ron, a éste se le cobraba el precio normal. En total, se tenían que hacer por los 114 rones 19 facturas.
La compra estaba en dos carros. Los cliente habían ordenado los rones por marca. Les explicamos la burocracia de las seis promociones. Y comenzó la venta. Yo sacaba un ron y se lo pasaba a Lorena. Ella multiplicaba por seis el producto y se emitía la factura. Yo tenía un orden perfecto y celestial en mi mente. Los clientes, por marca, llevaban 12 rones, entonces yo le pasaba sólo uno del grupo y le indicaba que tenía que hacer dos facturas de seis rones cada una. No había modo de equivocarse. Pero detrás del carro estaba la tercera participante del problema, la cliente.
Aunque todo iba bien, había un grupo de 15 ron, y otro de 9. Eran los únicos que no completaban en forma exacta el múltiplo de seis. Entonces tomé 3 ron del grupo de 9 y los pasé junto a otros 3 del grupo de 15 por una factura. Todo bien. Sin embargo, estaba por concretarse el tercer hecho que derivaría al gran problema que se produjo. Pero sigamos. El grupo de 15 ron ahora era de 12. Entonces pasamos esos 12 ron y el grupo entero fue facturado. EL grupo que era de 9 ron quedó con 6, entonces también los facturamos. Fue cuando llegó un propinero y me informó de que necesitaban llaves en la caja siete. Nosotros estabamos en la dieciseis.
"Sigue tú, Lore" le dije y fui a prestar la ayuda.
Quizá me demoré treinta segundos. Y cuando llegué ya había ocurrido el maldito problema.
Rogué por nunca haber tomado la compra cuando vi en la mano izquierda de Lorena un ron del grupo de los 15. Esos rones ya estaban facturados, y lo más seguro era que los habían vuelto a facturar. Me acerqué y le pregunté a mi compañera si habían facturado aquellos 15 rones otra vez. Se descolocó por completo, no sé si al ver mi rostro desfigurado o al saber que la había cagado por completo.
"Es que la cliente me dijo que de ese grupo faltaban 12" se defendió.
"Lorena" le dije, contando mentalmente hasta mil "Esos 15 ron los pasamos casi al principio. Están en las primera facturas"
Enrojeció por completo. Yo me giré hacia el cliente, el titular de la cuenta CMR, dispuesto a decirle que teníamos que eliminar 12 ron de su cuenta, pero se adelantó diciendome.
"Yo sabía que no había que pasar esos 12 ron, pero mi señora decía que no lo habían pasado"
¿Y por qué no le callaste la boca a la estupida de tu señora?
"Si. Lo que hay que hacer ahora es una nota de credito para restar los 12 ron de su cuenta" le expliqué.
Él sonrió rendido al error que había cometido su señora, error que de seguro me costará una llamada mañana y un par de chuchaas reprimidas por parte de Joselyn.
Me dirigí a donde Erica, la supervisora de cajas de turno, una mujer de unos cuarenta y tantos, de rostro estirado hacia atrás y una estatura que la obliga a mirar hacia arriba cuando quiere hablar.
"Hay que eliminar estas dos facturas" le dije, mostrandole los dos documentos, en donde en cada uno había seis ron, doce en total. "Y hacerle una nota de credito para restarle estos ron de su cuenta CMR"
"Bueno" dijo, sin advertirme que el procedimiento estaba mal, que nunca debería haber subido a la oficina a eliminar del sistema esos 12 ron. Más encima era mi primera vez haciendo tal trabajo. Estoy empezando a odiar las jodidas primeras veces. Siempre que voy a hacer algo nuevo, salgo perdiendo.
Bajé y vi que Erica ya se disponía a efectuar las notas de credito, y que también tenía el auricular del teléfono en la oreja.
"¿A quién está llamando?" le pregunté.
"A la señora Jaque" me dijo. "Tengo una duda"
"¿Qué duda?"
"Es que parece que cuando se compra por factura con la CMR, se tiene que hacer de otro modo la eliminación de los productos" me dijo.
Entonces me pregunté por qué no le había surgido esa duda cuando le dije que anularia las dos facturas. Pero qué más daba. Ya estaba todo hecho.

Se hicieron las consultas y quizá el problema se pueda solucionar. Finalmente no había que eliminar ninguna factura. Sólo había que eliminar de la cuenta CMR los productos al cliente. Mañana Joselyn sabrá lo ocurrido y sin dudas llamara, si no, lo haré yo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Capítulo 66: She

... serenidad propia. El móntón de papeles al lado derecho de la Royal crecía constantemente. Antes de esa extraña experiencia, su rendimiento óptimo había sido de cuatro páginas diarias. En Automoviles Veloces, tres; muchos días sólo dos, sobre todo, antes de terminar...

Noté que alguién venía en dirección contraria subiendo la loma, mirandome con el afán de reconocerme. "¿Es él o no?" tenía que venir preguntandose. Yo elevé disimuladamente la vista, rogando que no fuera ningún vecino para no tener que cortar la lectura. Pero ya no importaba. La había cortado de todos modos. Que mal fanático soy. Era el padrastro de William, un pequeño niño que no golpea la puerta para llamar, si no que abre la ventana del frente, se pasa y llega hasta el living a saludarte. Un tipo de estatura media, gran barriga y una barba "candado".

... Pero dentro de este tenso período, que llegó a su fin con la tormenta del 15 de abril, Paul produjo una media de doce páginas diarias, siete por la mañana y cinco más por la tarde...

No me podía hacer el güeón. El tipo es un hombre sencillo y amable, y más allá que la lectura iba muy interesante, no me haría un daño levantar la vista y saludar.
"Hola" le dije"
"Hola" me dijo, pero no exactamente mirandome a los ojos, si no a Misery; el libro que iba leyendo.
Me desilusionó que no se fijara en mi nuevo corte de pelo. No importa. Ignacio lo haría burlandose cuando llegara a casa.
"¿Qué libro vai' leyendo?" me preguntó desde átras.
Cuando me giré y vi su cuerpo oscuro eclipsando con el sol que se disponía a chocar con La Ballena, creí que era Jesús quién me había llamado. Pero no, era el técnico paramédico el que había detenido mi lectura otra vez. Así una vez me contó cuando se ofreció para llevarme desde el condominio hasta el paradero de la micro.
"¿Y que estudai' tú?" me preguntó, mientras aceleraba en tercera.
"Técnico en Telecomunicaciones"
"Güeniiisima carrera, compadre. Ahí tú vei' las bolaás de las redes, los shatélites y la telefonía ¿shierto?"
"Sí"
"Misery" le dije con el típico gesto de mirar la tapa del libro, aunque te sabes de memoria el nombre.
"De Stephen King. ¡Qué güena! Yo soy fanático de ese güeón, pero FANATICO" dijo, mientras se aprestaba a abrir su mochila.
"A mí igual me gusta" le dije, cubriendo mi hambre desgarradora por leer un trabajo de él lo más pronto posible después de acabar con otro, ya que si él dijo en dos ocaciones seguida que era fanático, sin lugar a dudas debe haber leído todas sus obras. Yo a penas he leído 6 libros de él. Todos un manjar.
"Yo tengo casi todos sus libros, y ahora estoy con éste" me dijo y sacó un montón de papeles parecido a una enciclopedia de historia universal. Era el It, libro que no he leído. Quizás de mil exquisitas páginas. Tenía el grosor de Insomnia, pero no tenía la forma rectangular que tienen todos los libros. No. Éste era extrañamente cuadrado.
Pensé seriamente en dejarlo inconciente, esconder su cuerpo y arrancar con esa belleza, pero me contuve. Misery lloraba en mi mano al ver el tamaño del It. Lo entendía completamente.
"También tengo las péliculas en la casa" Todo un fanático. Si me habría preguntado por Matrix, habría tenido el orgullo de inflar el pecho y decirle "Yo tengo la trilogía. Animatrix. Los documentales de cómo hicieron la trilogía y otros que hablan de la filosofía de Matrix. También tengo el soundtrack completo y el comic" pero estabamos, para mi humillante desgracia, hablando del increible Stephen King. "Shi querí anda un día para la casa y te podí llevar los libros que querai"
Quizás por dos segundos quise abrazarlo y besarlo también. Pero mi conciencia me recordó que era heterosexual, que estaba pololeando con Camila y que algunos segundos atrás se me había cruzado la idea de dejarlo inconciente y correr con el It entre mis brazos.
"Ya po'" le dije.
"Nos vemos"
"Cuidate"

Me dijo una vez que podría estar toda una noche abrazada a mí. Le costo decirlo, sumado al percance que al hacerlo, yo no la escuché. Pero le pedí por favor que me repitiera la frase, y es que cuando habla sólo me fijo en el corte que produce el sonido de su dulce voz en la atmósfera, y como sé que son palabras comparables con un tesoro que a veces se muestra, me estremecen sin proponermelo. Sería una estupidez contestarle que yo también estaría así toda la noche. Prefiero ver sus ojos brillando bajo la noche y su sonriza, esa sonriza que como ninguna tiene la capacidad de decir millones de cosas.
Mirar sus ojos es mirar la puesta de sol soñada. Su alma se muestra violeta tras el resplandor de sus pupilas. No dice nada. Sólo sonríe. Se avergüenza y vuelve a sonreír. No se desangra diciendo cosas que no siente. Su personalidad tiene la destructiva capacidad de dejarte sin aire cuando con la vista te absorbe el alma y la acaricia abrasandote fuerte. Me cobijo en el calor de sus besos y sus caricias, y puedo soñar cuando en la oscuridad nos abrazamos como si el mundo no existiera.
Y pensar que hace un tiempo le pedí dar luces de lo que sentía, sin entender que desde la vez que me dio la mano ya lo hacía, sólo que no necesitaba hablar como las demás. Ella sólo hace que escalofríos me azoten el cuerpo con hacer un movimiento. Nada más. Es el silencio y la belleza de una puesta de sol, de un mar en calma... de un sentimiento absorvente.

La semana se me había hecho demasiado larga. Y es que sin ella el tiempo parece ir más lento, y cuando te abraza y se ríe sin razón las horas parecen el suspiro de un ángel.
Nunca pensé que iba a tener a alguién así a mi lado. Tampoco que iba a volver a querer.

martes, 17 de agosto de 2010

Capítulo 65: Siete Días Después

"Me llamó Andrés y me dijo que después del terremoto, la tía lo había llamado y le dijo que estaban bien y que se iban para el cerro" fue la esperanzadora noticia que Fernanda me dio por el celular.
Colgé y le dije.
"Mi tía y mi primo subieron al cerro que está detrás de la casa. Así que tienen que estar bien"
"Que bueno"
Sería el último adiós.
Me subí al colectivo y partió rapido hacia las lomas.

Fueron unos largos siete días después. Todos los canales de televisión se encargaron de reportear la catastrofe que se había llevado la vida de cientos de personas. Desde la mañana hasta la noche la hipnotizante cajuela mostró sin pudor todas las desgarradoras historias de los chilenos que salvaron de ser tragados por el mar, pero que perdieron a un ser querido, viendolo como clamaba por salvación mientras que las aguas se los llevaban hacia la oscuridad del océano enfurecido, agitado. Y la cámara se les queda viendo, hasta que se quiebran y tratan de buscar en el horizonte alguna esperanza que les permita imaginar cómo pararan sus casas otra vez. Era sólo ver pena y dolor. No recuerdo haber escuchado en los primeros tres días alguna palabra de aliento a las personas que sirvieron para sensibilizar al país. Concepción estaba bajo toque de queda por los constantes saqueos que se producían a los gigantes comerciales. Pueblos costeros desaparecieron por completo. El eje del planeta se desplazó en unos grados. No habia agua ni luz. Carreteras cortadas. Fallaron los sistemas de alerta. Chile estaba a la mitad.
Por mi parte, poco podía entender por qué las imagenes que se escurrian por la pantalla me chocaban con tanta violencia. Veía las historias y a las personas con nada en las manos, y el pecho se me hundía con fuerzas descomunales. Respiraba hondo y procuraba no dejarme abordar por la pena ajena, pero me era totalmente imposible. Quizá y por el sólo hecho de sentir a tajo abierto la catastofre, podía sentir la pena y la angustia de todo un país en mi interior, y no entendía por qué tal recepción de sensaciones. Lo único que quería era que las cosas nunca hubieran ocurrido, pero las placas no podían volver a donde estaban. Así que me encargaba de tomar todo ese montón de malos sentimientos y los guardaba donde mejor quedaran. No podía sufrir por otros.

Siete días después algo dentro de mí se quebró. Era un dolor intenso en el estomago y una sensación de extrema angustia. Y como siempre, en esos largos y negros días, nunca supe que era lo que me azotaba con tanta fuerza. Nunca pensé en la posibilidad de una depresión. No soy propenso a esa estupidez. Tampoco había una base para su desarrollo. Pensé que tal vez era algo que me avisaba que sucedería otra catastrofe. Y es que nunca había sentido algo de tal magnitud en mi cuerpo y mente. Las videncias llegaban de esa forma, pero no con tanta violencia.
Era desesperante no saber que me pasaba. Mi rededor podía sentir mi frustración. Recuerdo que ese sábado terminaba la teletón por Chile. Tambien asimilé la angustia con la situación en que nos encontrariamos si no se llegaba a la meta. Nos habiamos reunido todos los Chávez a almorzar donde mi tía Carmen Gloria. Esa tarde todos tuvimos que escuchar el relato de los Chávez Fuentes. Estaban en Pullehue la noche del terremoto, y tuvieron que arrancar cerro arriba para no ser alcanzados por el mar.
"... cuando estabamos en lo alto del cerro, le tapé las orejas a la Fran para que no escuchara el grito de las personas que el agua se llevaba a nuestro alrededor..." relataba mi tío Juan Carlos.
Mientras me alistaba para juntarme con Yessenia, pensé que era mi imaginación la que generaba pena en mí al mostrarme que hubiera pasado si mis tíos y primas no hubieran escapado.
"Debes calmarte. No debes dejar que lo ocurrido te gane. Sal por la puerta del baño y OLVIDATE" me decía al espejo mientras me enjuagaba la boca con agua.

Cuatro horas después supe que mal había echo en guardarme todo el sufrimiento por lo ocurrido. Quise mostrarme duro frente a la situación que vivimos y no asimilar que todo había sido demasiado destructivo. No fui capaz de verme debil. La imagen de un güeón que se las puede todas fue la pantalla que ocupé para no aceptar que en realidad el terremoto y todas sus consecuencias me habían afectado de sobremanera. Simplemente era mi primera vez sintiendo algo así, un dolor así, y por ningún motivo lo quise aceptar. Preferí tragarme todo y seguir como si nada, pero no viví el duelo que vivía todo mi rededor. Chile entero moralmente estaba en el suelo, y yo no quise estar igual. Pero era inevitable. Tenía que sentir, aunque se me haya caido un misero florero, el dolor del golpe que había dado la naturaleza.
"Me deja aquí, por favor" le dijo al chofer.
Me preparé para bajarme tambien en el repentino destino, pero ella tenía pensada otra cosa.
Se giró y sonriendo, no sé si por nerviosismo u otra cosa, se despidió.
"Chau"
Fue en ese momento que caí en cuenta, cuando se bajó, y algo dentro de mí me dijo "Haber guardado todo no sirvió de nada. TÚ VIVISTE el quinto terremoto más grande de la historia. Fue en tu país. Pasó bajo tu casa"
Días después, cuando con Yessenia todo terminó, le di las gracias por haberse bajado. Me sirvió para buscar en mí y saber qué era lo que me tenía así. Me dejó aceptar la realidad y todo lo vivido.

En diez días más se cumplirán seis meses del terremoto. Miro para atrás en los capítulos y veo como trataba, en codigos, de escribir el doloroso momento. No creo que lo que me pasó a mí no le hayan pasado a otros. Ricardo, un ex compañero de media, me decía que le daba pena escuchar por la radio los relatos de los sobrevivientes. Jack viajó a Concepción a buscar a su hermano y vivió en carne propia la debastación de las olas. Isabella hoy me comentaba que nunca había sentido un dolor igual como al de esos días. Y Camila me contó que se le hacía dificil estar más de cinco minutos viendo las noticias aquellas semanas.
Después de ese seis de Marzo, a parte de bancarme la separación con Yessenia, me distancié de María e Ignacio volvió a sufrir de sus combulsiones. Fueron dos meses para el olvido, para mí y mis cercanos, en todos los ambitos de la vida. El fantasma negro de la catastrofe producía un efecto extraño en las almas. En un momento, sin ser extremista, todo fue oscuridad.
Pero eso ya es parte de la historia en la vida de todos. Chile se levantó, no completamente, pero su gente de norte a sur vive con otra mentalidad el día a día... una mentalidad blanca y positiva. María, que a estas horas duerme en el hospital esperando su cirugia al hombro por un accidente entrenando, fue la percutora de la salvación de nuestra relación. Jack e Isabella encontraron la forma sana de llevar una relación que no fuera sólo dolor. Y yo, a veces me río de aquellos días, sin embargo recuerdo con respeto lo que pasó, sabiendo que nunca olvidaré todo lo vivido. Ya era hora de seguir, seguir de verdad. Sin pantallas.

La vida continua para todos. El jueves me voy a la playa con Camila. Ya llevamos más de un mes. Y siendo sincero, me queda corto decir que estoy contento.

viernes, 13 de agosto de 2010

Capítulo 64: A la Mañana Siguiente

...Decidimos ir a dormir para que las horas pasaran más rapido, a demás, al otro día tenía que ir a trabajar. Pero nadie durmió. Creo que hubieron replicas del terremoto cada cinco minutos, las que fueron de una considera magnitud. Tal situación nos impidió cerrar los ojos...

Mi vieja dijo que la mañana había amanecido rara. Estaba angustiada y decía que aún no podía asimilar lo que había pasado. Sí, era extraño estar ahí, pero la sensación de incomodez sólo la generaba el recuerdo del ruido y los gritos exteriores. Afuera el ambiente estaba calmo. Ya no estaba ese ir y venir de personas que trataban de disimular tranquilidad o el acelerado salir de vehiculos hacia quién sabe dónde. Pero la mañana no era la misma. Mi viejo, más cauto y calculador, sólo se limitó a decir que la atmósfera estaba pesada.
Cuando el celular marcó las nueve, no dudé en encender el calefont y preparar la ducha.
"Hijo, no vallas a trabajar" me dijo mi vieja.
Entendía su angustia y su miedo, sumado al hecho de no saber de los nuestros, pero no la compartía en lo más absoluto. No podía esperar más. Desperté cuando el movimiento ya comenzaba a detenerse. Afuera nada hacia notar el paso de un terremoto. En la casa no se cayó nada. Ni siquiera tenía esos nervios post-temblor. Entonces, no podía ajustarme ni actuar frente a algo que no sentía. Tenía que ir al supermercado. Tenía que ir a trabajar. Era sábado. No por un tembor fuerte cerrarían el Tottus... fue lo que pensé.
Jack e Ignaco me acompañaron hasta el paradero. En los demás condominios tampoco había indicios de casas con daños estructurales o algún herido. Nada en todas las Lomas te hacía vivir la sensación de estar en medio de una catastofre. Sin embargo, el desajuste traería consecuencias lamentables.
Pensé que por Eyzaguirre hacia abajo podría encontrarme con algo, pero el panorama seguia igual; nada había pasado. Mi mente sólo se extrañaba del día. La mañana sin lugar a dudas estaba extraña ¿Qué tenía de extraño? Eso era inexplicable. Pero el aire pesaba negro en los pulmones.
Fue cuando la micro se detuvo a dos cuadras de Tottus cuando recién unas paredes botadas acusaron el fuerte paso de las eternas ondas subterraneas. Las ruinas del antiguo regimiento quedaron totalmente debastadas. Poco eran los diques que pudieron soportar el vaivén de la tierra. Lo demás, todo estaba en el suelo.
La micro no avanzó. El corte de luz tenía a la esquina de Arturo Prat y Eyzaguirre sin semaforo, y dificilmente un carabinero trataba de controlar el transito. Me bajé y rodeé todo el taco hasta la entrada lateral para empleados. Ahí una guardia gorda de Ares me miró dudativa.
"¿Viene a trabajar?" preguntó mirandome de pies a cabeza.
"Sí" le contesté.
"Hoy no abrirán" me dijo "Puede quedarse a ayudar"
"Bueno" le dije.
"Anotese aquí" dijo pasandome un cuaderno sucio y viejo en donde se desplegaba una lista con la más alta variedad de letras.

No me importó ver una parte del tubo del aire acondicionado en el pasillo del azucar y la sal. Fue un poco chistoso ver todo el pasillo de los shampoos lleno de ellos, al igual que el de los licores, pero me pareció impactante ver mi oficina. Los gabinetes de los tres computadores que controlan el sistema del supermercado(el maestro, el alterno y el subalterno) estaban desencajados de sus posiciones. Las UPS, que facil pesan cincuenta kilos cada una, se deslizaron de sus lugares. El mueble donde guardamos todos los informes e implementos de trabajo quedó desocupado. Planchas del cielo cayeron sobre los escritorios y estaban todos los cajones abiertos. Un desastre total. Habría sido un suicidio haber estado ahí en horas de trabajo. Habría sido un genocidio que el terremoto se hubiera desatado a la hora de once, a eso de las siete, con los pasillos llenos de gente. Creo que por primera vez esa mañana di gracias.
El día lo ocupé para ayudar a limpiar el pasillo de los vinos. Había que "mopear" todo para dejar despejado. Quitamos las cajas y las botellas rotas y luego con mopas absorbimos todo el licor derramado. Era asqueroso sentir el olor de esa mezcla de vino, caipiriña y ron. Informatica la limpiaría el domingo, cuando mi mente lograra entender por donde empezar la limpieza.

Ya habían pasado más de doce horas desde el momento en que el quinto terremoto más fuerte de la historia de la humanidad se había echo presente en nuestras tierras. Durante el día se habló de posibles tsunamis en la costa y cantidades importantes de muertos. Yo estaba tranquilo. En la mañana me había comunicado con María, con mi Tata y Jack había sido recojido por sus padres. Los míos estaban en casa y las Lomas seguia igual de apacible.
Pero las cosas eran tan inevitables como lo vivo que estaban. La tranquilidad y la parsimonia duró hasta el momento en que llegué del trabajo y abrí la puerta. Lo primero que vi cuando entré fue la escena de la caleta de Duao totalmente destruida. Mi padre inmutable estaba sentado en el sillón de tres cuerpos, mirando neutro lo que las noticias mostraban. Mi madre, con una expresión de horror en la cara observando desde la cocina como el paso de tres gigantescas olas se había echo completamente de todo el borde costero Mauino. Era el lugar donde había vacacionado por cinco días a fines de Enero con Jack e Isabella. Ahí vivían los tíos de mi viejo.
"¿Hay muertos?" pregunté rompiendo el denso ambiente.
"Shhht" exclamó mi papá.
Mi mamá no dijo nada.
Mi mente de golpe se ajustó con la tragedia. Una angustia me atravesó de arriba hacia abajo, y un miedo terrible se apoderó de todo mi ser. Me mareé, teniendo que agarrarme a la silla. Los dos no se percataron de mi crisis. El televisor seguía mostrando a todo Duao debastado.
"¿Llamaste a mi mami, papá?" le pregunté, ya entrando en desesperación por la latente idea de que nadie se había salvado.
"No" respondió "¿Tienes el número de mi tía?"
Asentí mientras sacaba el celular de mi bolsillo. Me había dado su número el primer día que nos quedamos allá en caso de cualquier percance.
"La voy a llamar"
"Pero si no hay señal, Gustavo" me dijo mi vieja, preocupada de sobremanera.
"No importa. Hay que intentarlo igual"
Lo primero que sonó fue la voz de una mujer grabada que decía que no había señal.
Ahora pienso que lo mejor habría sido escuchar esa grabación, pero luego de quizás cuantos intentos, la línea conectó.
"Ahí tomó" le dije a mi papá.
Ambos me miraron expectantes.
Luego de un instante, otra grabadora se adueñó de la línea, diciendo: "Nuestro cliente se encuentra fuera de cobertura o no se encuentra disponible"
Aquella oración contenía sólo tres opciones. Primero, que efectivamente no estaba al alcance de alguna antena. Segundo, que por motivo del corte de luz no tuvo el tiempo para cargar el equipo. Y tercero, la opción que nadie quiso decir en voz alta, era que el celular lo había apagado algún agente externo... el agua, quizás.

No pudimos contactarnos. Me terminé de lavar los dientes y me puse la chaleca. Bajé y avisé que saldría.
"¿Tienes que necesariamente salir hoy?" me preguntó don Omar.
"Estabamos organizados desde hace días. Quizá los otros días no la pueda ver" argumenté, mientras buscaba mi billetera y el celular.
"Pero es que no está la noche para salir" siguió mi viejo "¿Por qué no te quedas para seguir intentando?"
"Papá, no hay señal para allá. Mas encima mi tía debe tener el celular descargado. No saco nada con quedarme" me defendí.
"¿Pero es que no entiendo cómo puedes salir?" me dijo, diciendo tras palabras que lo ocurrido no me importaba en lo más absoluto.
Si me importaba, tambien me preocupaba y me dolía lo ocurrido, pero no quería demostrarlo. No me necesitaba debil en un momento así.
"Si me quedo y me pongo a llorar, mi tía no va a contestar el celular" le grité y salí.

Aquella noche sería la última de risas y caricias. Todo, alrededor, tenía el tiempo contado