Sin decir nada bajamos por un pasillo que iba hacia el norte y luego se devolvía hasta el sur. Llegamos sin decir nada hasta un espacioso estacionamiento subterraneo, un lugar silencioso y oscuro. Nerviosa introdujo la llave en el candando y luego de un chasquido, abrió la pesada puerta de madera. Me hizo entrar a un cuarto oscuro, de vidrios polarizados. Se escondía bajo la vicera del gorro que ocupaba y el movimiento de la cola de sus pelos castaños claros.
"Soy Isabella" me saludó "Aquí dejamos nuestros bolsos y bajamos a descansar cuando la cajera va a colación ¿Ya?"
Quizás creía que era un estupido o un deficiente mental.
"Ya"
Pablo me había conseguido trabajo con su tía en el supermercado en donde ella trabajaba, y en donde tambien estaba a punto de conocer a dos personas que harían volcar historias dentro del grupo. A la primera ya la había conocido, cuando subí a trabajar conocí a la segunda. Su nombre era Lorena. Llevaba unos seis meses trabajando como cajera, tenía 26 años, una hija de 5 y un departamento en avenida Colón, San Bernardo, fue todo lo que me contó en mi primera tarde como empaque.
Por esos meses, a mediados de Mayo del 2007, estuve con mi última aventura antes de entrar a una nueva relación estable. Ella era Carolina, estudiaba en el Liceo 7 de Santiago Centro y la había conocido en la fiesta de aniversario de nuestro liceo. Tambien, por esos días se vivía la recordada revolución pingüina. Fue mi primera vez dentro de una marcha, situaciones que sólo veía en los archivos que mostraban en televisión para el 11 de Septiembre. Eras participe de una sóla voz, una gigansteca voz, que se movía con fuerza por toda La Alameda, alzando el brazo con el puño fuertemente cerrado, gritando por el cambio de una ley que ni siquiera tenía conocimiento. Sólo caminaba con rumbo nebuloso, deteniendome a veces por situaciones que ocurrían al principio. Y derrepete a lo lejos se escuchaba un grito, y la lengua de estudiantes se detenía y podíamos oir, junto a Sebastían y Marcelo, las patrullas de los carros lanza aguas de carabineros "¡Corran!" y todos se abrían paso sobre el otro para escapar. Tus riñones vierten la adrenalina sobre tu torrente sanguineo y no logras sentir las piernas, mientras corres despavorido imaginandote el rostro de tus padres retandote al momento de salir de la comisaría después de haber sido capturado. Y no paras de escapar, al segundo que una joven se te cruza, entre riendose y gritando de miedo por algo que no veíamos venir, y al ver que Sebastían se quedaba atrás, a Marcelo nunca más lo vi ese día, lo tomé del brazo y lo alenté a seguir corriendo, mientras llegabamos, orillados por la inmensa multitud, hacía la vereda norte de la Alameda. Me giré para ver si el chorro de agua estaba cerca de nosotros, pero ni siquiera el carro podía ver y me volteé hacia el frente para seguir corriendo, viendo como los que nos antecedían comenzaban, con agilidad, a esquivar algo "Un grifo o un quiosco" pensé, hasta que nos encontramos con una anciana tratando de levantar, mientras maldecía a los que pasaban a su lado, a su esposo que yacía en el suelo. A Sebastían se le ablandó el corazón y comenzó a bajar la velocidad para ayudar a la señora a recoger a su desvalido marido, pero yo lo tomé de ambos hombros y lo obligué a seguir corriendo. Y los ancianos se perdieron tras el gentío de escolares, cuando vi nuestra primera oportunidad de oportuno escape: una calle.
"¡Dobla!" le dije a Sebastían, y así lo hizo.
Con nosotros otros quince pingüinos más doblaron, corriendo sin dar ventaja a los tres carabineros que entraron a la misma calle. Tampoco dejaban metros que pasar, dando como resultado la captura de dos escolares. A mí una puntada en el abdomen me quitaba velocidad, pero no podía parar. Sebastían se giró a mirar y al ver a los uniformados inyectó más rapidez en su correr.
Otra calle apareció y otra vez doblamos, ahora hacia la cordillera. Ahora fueron sólo seis los desconocidos que nos acompañaron, obligando a los dos carabineros que nos seguían a dividirse. Fue así que sólo uno corría sin detenerse tras nosotros. No podía entender de donde sacaba las energías para correr tan rapidamente bajo ese pesado casco y el duro chaleco antibalas. Y no me di cuenta cuando mi compañero había doblado en otra calle, hacía el norte otra vez. El único detalle, el único gran detallate era que la calle no tenía salida, y con rapidez nos acercabamos al final de esta.
"¡Cresta!" exclamé.
"Tranquilo" me dijo Sebastían jadeante, al parecer sabiendo que era lo que hacía.
Derrepente bajó la velocidad, es más, se detuvo y entró en un edificio. Yo lo seguí, sin antes mirar hacia atrás, viendo como los seis escolares nos seguían en el escape. Entré hacia el oscuro hall del edificio, en donde ni una alma penaba, precensiando como mi compañero de curso llamaba desesperado al ascensor. Fueron unos eternos seis segundos, cuando la puerta de metal se abrió hacia la derecha y entramos en el ascensor.
Dos semanas después de esa espectacular escapada, se tomaron el liceo. El Instituto Nacional ya había sido tomado, al igual que El Lastarria y otros emblematicos liceos de la capital. Faltaba el Borgoño, y no pensamos en quedarnos atrás.
viernes, 14 de agosto de 2009
jueves, 13 de agosto de 2009
Capítulo 5: Ver
Con Pedro discutimos fuertemente. Recuerdo que estabamos todos, menos Pablo y Roberto, y fue fuerte el contenido de las palabras que intercambiamos. Por suerte, del viaje hacia las penumbrias de mi alma guardada, ya emprendía el lento regreso, y fui capaz de enteder que ellos no tenían mayor culpa, existiendo sólo la equivocación de haber ocultado el hecho. Esa misma noche arreglamos las cosas y todo siguió bien.
En ese entonces miles de cosas habían sucedido. Jack estaba en una relación con una compañera del liceo en donde estudiaba. Pablo había sido víctima de una venganza por parte de Tamara, la misteriosa estudiante del liceo comercial. Roberto nos confesó pertenecer a una red de desbarataje de vehiculos robados dentro de la mecánica en donde había realizado su practica laboral. Y Alejandría había escapado un día de su casa para nunca más volver a aparecer.
Por mi lado, ya no estaba con la prima de Pablo, sin embargo, una compañera de curso de Paty estaba rondando por mi vida.
Fue una tarde que la llevé a pasear al cerro Santa Lucía, con la idea de formalizar los encuentros fortuitos que habíamos tenido. Ella me gustaba demasiado, a pesar de ser una hermosa chica.
"Creo que sería cinica si te dijera eso" me escribió "¿Qué tal si nos vemos después que me recupere?"
No supe que responder ¿Había, sin intención, resultado el juego de no verla? Y me quedé pensando arduamente. Si bien ella es humana, tiene el regalado derecho a equivocarse y a enmendar sus decisiones.
"Bien, juntemonos" le respondí.
Bajaba con una bolsa de 14 panes con chanco y mantequilla, menos los dos de Romina, porque a ella no le gustaba la mantequilla. Bajaba los escalones de la oscura escalera y a lo lejos pude escuchar el rapido y singular venir de unos tacos altos. Reduje adrede la velocidad en mi ir y me la encontré a la bajada, justo en el pasillo.
"Le traigo sus panes" le dije.
Me miró sonriendo y me dijo "Andai pa' los mandao"
"Pero si es la once de nosotros"
"No, yo no quiero" me dijo mirandome con esa maldita vista fija en mis ojos de niño "Acompañame a marcar" me ordenó y tomandome del brazo me hizo devolverme escalera arriba.
"¿Y no va a comer?" le pregunté nervioso, tratando de escapar del tema que nos competía.
"No" me volvió a repetir "Estoy a dieta"
"¿Más dieta?" le pregunté mirandola de pies a cabeza.
Se rió y me negó con la cabeza
"Lo que pasa es que quedé bien con el almuerzo" me dijo.
Eran las ocho de la noche.
Marcó su salidad y nos devolvimos.
"Estos son los pantalones nuevos" le dije mostrandole como me quedaban "Pero son 50. No habían 48 y la niña de oficina de personal me dijo que no le llegarían de mi talla hasta el proximo año"
"Tan antipatica la gueona" me dijo "Pero se te ven bien. Haber, date vuelta. Sí, se te ven bien de atrás. No se te ven grandes"
"¿No?"
"No. Para nada"
Llegamos a romeo y el guardia de turno le revisó su cartera. Escudrió entre su cosmetiquero y sus cigarros.
"Ya" la autorizó
"Quería saber si este sábado me puedes venir a apoyar" me pidió el favor con esa mirada de confianza y amistad que me dio la vez que salimos en la noche "Lo que pasa es que voy a tener a poca gente y este fin de semana..."
"Es quincena" la interrumpí "Sí, claro, no tengo ningún problema en venir"
"¿Sí?"
"Sí, si no tengo nada que hacer en la mañana"
"Ya" me dijo "Chao" se despedió y me dio aquel abrazo. Pucha que extrañaba ese abrazo.
Y en el oído le dije "Cuidate"
Me miró y se rió. Siempre se ríe.
Me miraba como a un bicho raro. Sus manos temblaban y yo no sabía que decirle.
"Me voy a donde Paty" me dijo.
"¿Te acompaño?" le pregunté.
"No" me respondió seca, sin mirarme. En realidad estaba aterrada.
Yo no sabía como explicarle a la chica que me gustaba que había logrado ver lo que iba a ocurrir esa tarde. Una señora se lanzó al metro y, minuto antes, yo ya sabía que eso iba a ocurrir.
lunes, 10 de agosto de 2009
Capítulo 4: Am/stad
Lo bueno de ellas es que su puede oler a kilometros de distancia los cambios de estado que experimentan. Fue un jueves que el saludo no fue igual y no me costó mucho saber que algo sucedía. Obviamente, algo malo. Así que hoy, con el pretexto de ir a comprar una crema para afeitar, la fui a visitar. De entrada le pedí que me resolviera un problema que me urgía desde el fin de semana, no existiendo aquel fortificante abrazo de entrada, como cuidandose de la mirada de los demás. Su mirar era cabizbajo y resguardado, fortificando siempre una muralla frente a mí. Y al pasar de los segundos, algo me decía que el causante de aquella cortante actitud era por algo que yo había hecho. Me hizo pasar a aquella pequeña, sofocante y desordenada oficina. Se sentó en su silla y me observó con aquella mirada acusadora.
"Estoy molesta con todos" empezó a rodear.
"Pero mayormente conmigo" corté su escape.
"De ti estoy desilusionada" dijo, descargando sobre el ambiente un negro y pesado veneno que me dificultó la respiración. Sólo me dispuse a escuchar todo lo que tenía que decir.
Alejandría había desaparecido de nuestras vidas a fines del 2006. Lleno de ira y rencor me encargué de que Víctor no viviera tranquilo los momentos que estaba con nosotros, porque para mí había muerto como amigo. Nunca fui capaz de apagar la desilusión causada por el acto de estar con ella. Nunca fui capaz de aceptar todo lo que sucedió. Así que como tenía el credito de ser el menor del grupo, muchas de las decisiones comenzaron a pasar por mí, poder que utilicé para encargame de que él no fuera feliz con nosotros. Su tiempo dentro de clan se agotaba día a día.
Ese mismo año, en Enero, había llegado Pedro. Él era un amigo de verano, sobrino de una de las fundadoras de la población, el cual venía desde Puerto Montt todos los fines de año. Su abuelo había muerto en el 2005, a causa de un paro cardiaco, y tal situación los obligó a él y su madre a mudarse acá, a Santiago. Yo, dentro del lapsus de principios del 2006 y principios del 2007, había estado con la ya mencionada hermana de Roberto y la extraña prima de Pablo, dos relaciones que me sirvieron para quitarme a Alejandría de la cabeza. Sumado a la no menos inolvidable actitud de critico que tomé frente a la vida. Había, según yo, sido pasar por un tren y no iba a dejar que algo así sucediera otra vez, menos el acto de deshonradez entre nosotros mismos. Me había propuesto evitar que el grupo estuviera de nuevo al borde del quiebre, buscando estar con personas que nunca se equivocaran. El problema era que en tiempos futuros no iba a saber separar las cosas, acarreandome esto espantosas situaciones.
La desilusión por su parte era por algo que le habían dicho. Eso tambien odiaba de las mujeres: siempre se quedaban con la primera imagen. Sin embargo, no me imaginaba el rechazo que había causado en ella el comenterio que yo había generado, el cual no había sido recepcionado por ella como yo lo había dicho originalmente. Lo peor de todo, y para mi angustiante frustación, ya era demasiado tarde como para remediar la situación, ya que su posición, al momento, no era cambiable "Tú sabes como son las cosas" me dijo, recargando sus palabras sobre su agudizado mirar "Entonces me extraño que tú lo hayas dicho" "Yo no iba a llegar a preguntarte acerca de lo que decían, sólo iba a contartelo para que tú supieras la situación que estaba ocurriendo" me defendí.
"Pero se lo contaste a ella primero" me atacó "¿Por qué no hablaste conmigo primero?" me preguntó, encargandose de que yo notara su rabia y pena.
"Ese fue el error" dije, aceptando en parte la culpa del hecho "Pero.."
"Pero nada" me interrumpió "Ya pasó y no hay nada que hacer"
La última frase me derrumbó por completo ¿Qué tan cerca estábamos de perder todo lo que habíamos logrado?
El tema de conversación con Paty en las cálidas noches del verano del 2007 se habían teñido de practicas y espectativas de trabajo, ya que Pedro buscaba donde ganarse la vida y Pablo y Roberto se habían graduado del cuarto medio. Así que, gradualmente, comencé a acercarme mucho más a Paty. Sin embargo, tal cercanía traería una tragica concecuencia.Fue un día en junio, quizás una noche de viernes, estabamos sentados, como siempre, en la escalinata del jardín de mi casa.
"Tengo algo que contarte, algo que sé no te va a gustar" me dijo.
Le di todo el espacio para que hablara, pero por otra parte, yo no era capaz de darme cuenta que las nuevas actitudes que había tomado frente a la vida causaban tanto temor en los demás.La cosa era que estaba con alguien.
"Estoy molesta con todos" empezó a rodear.
"Pero mayormente conmigo" corté su escape.
"De ti estoy desilusionada" dijo, descargando sobre el ambiente un negro y pesado veneno que me dificultó la respiración. Sólo me dispuse a escuchar todo lo que tenía que decir.
Alejandría había desaparecido de nuestras vidas a fines del 2006. Lleno de ira y rencor me encargué de que Víctor no viviera tranquilo los momentos que estaba con nosotros, porque para mí había muerto como amigo. Nunca fui capaz de apagar la desilusión causada por el acto de estar con ella. Nunca fui capaz de aceptar todo lo que sucedió. Así que como tenía el credito de ser el menor del grupo, muchas de las decisiones comenzaron a pasar por mí, poder que utilicé para encargame de que él no fuera feliz con nosotros. Su tiempo dentro de clan se agotaba día a día.
Ese mismo año, en Enero, había llegado Pedro. Él era un amigo de verano, sobrino de una de las fundadoras de la población, el cual venía desde Puerto Montt todos los fines de año. Su abuelo había muerto en el 2005, a causa de un paro cardiaco, y tal situación los obligó a él y su madre a mudarse acá, a Santiago. Yo, dentro del lapsus de principios del 2006 y principios del 2007, había estado con la ya mencionada hermana de Roberto y la extraña prima de Pablo, dos relaciones que me sirvieron para quitarme a Alejandría de la cabeza. Sumado a la no menos inolvidable actitud de critico que tomé frente a la vida. Había, según yo, sido pasar por un tren y no iba a dejar que algo así sucediera otra vez, menos el acto de deshonradez entre nosotros mismos. Me había propuesto evitar que el grupo estuviera de nuevo al borde del quiebre, buscando estar con personas que nunca se equivocaran. El problema era que en tiempos futuros no iba a saber separar las cosas, acarreandome esto espantosas situaciones.
La desilusión por su parte era por algo que le habían dicho. Eso tambien odiaba de las mujeres: siempre se quedaban con la primera imagen. Sin embargo, no me imaginaba el rechazo que había causado en ella el comenterio que yo había generado, el cual no había sido recepcionado por ella como yo lo había dicho originalmente. Lo peor de todo, y para mi angustiante frustación, ya era demasiado tarde como para remediar la situación, ya que su posición, al momento, no era cambiable "Tú sabes como son las cosas" me dijo, recargando sus palabras sobre su agudizado mirar "Entonces me extraño que tú lo hayas dicho" "Yo no iba a llegar a preguntarte acerca de lo que decían, sólo iba a contartelo para que tú supieras la situación que estaba ocurriendo" me defendí.
"Pero se lo contaste a ella primero" me atacó "¿Por qué no hablaste conmigo primero?" me preguntó, encargandose de que yo notara su rabia y pena.
"Ese fue el error" dije, aceptando en parte la culpa del hecho "Pero.."
"Pero nada" me interrumpió "Ya pasó y no hay nada que hacer"
La última frase me derrumbó por completo ¿Qué tan cerca estábamos de perder todo lo que habíamos logrado?
El tema de conversación con Paty en las cálidas noches del verano del 2007 se habían teñido de practicas y espectativas de trabajo, ya que Pedro buscaba donde ganarse la vida y Pablo y Roberto se habían graduado del cuarto medio. Así que, gradualmente, comencé a acercarme mucho más a Paty. Sin embargo, tal cercanía traería una tragica concecuencia.Fue un día en junio, quizás una noche de viernes, estabamos sentados, como siempre, en la escalinata del jardín de mi casa.
"Tengo algo que contarte, algo que sé no te va a gustar" me dijo.
Le di todo el espacio para que hablara, pero por otra parte, yo no era capaz de darme cuenta que las nuevas actitudes que había tomado frente a la vida causaban tanto temor en los demás.La cosa era que estaba con alguien.
"¿Quién es?" le pregunté.
"Alguien prohibido" me dijo.
A dos años de escucharla decir eso, no puedo creer que yo allá calificado a algunas personas de ser las prohibidas ¿Quién era yo para prohibirle ser feliz? ¿Dónde había quedado el alentador de luchar por alcanzar las cosas que queríamos?
Fue así como inicié el juego de adivinar quién era el hombre con quien estaba. Nombré a los chicos del grupo, pero no, incluso a sus primos, pero nada. Entonces me vi con las ideas agotadas.
"Con Pedro" dijo
Sali del super, pateando piedras que no habían, sintiendo que la perdía, recordando esa noche que crucifiqué a Paty por un hecho en el cual tendría que haberle dado todo mi apoyo. Le dije que cómo era capaz de haberse metido con alguien del grupo después de lo que había pasado con Alejandría y Víctor, sabiendo lo que Roberto sentía por ella, que era igual que Alejandría, que era el último ser que quería ver en el planeta.
Ojalá algún día me perdone.
lunes, 3 de agosto de 2009
Capítulo 3: Ahora
Dicen que las pesadillas son las inconcientes manifestaciones de los miedos reprimidos. A pesar de tener todo el tema superado, aún está el pavor de que la historia se vuelva a repetir. Hace unos días una persona logró tocar ese recondito cuarto en lo más oscuro y hondo de mi alma. De vez en cuando para olvidarme un poco de la rutina de la vida, viajaba en taxi hasta el extremo sur de la ciudad. Paseaba por la plaza de armas y luego caminaba hasta la catedral, y ahí me encantaba de las pinturas en el gigantesco techo de la casa santa. Fue en ese momento que la suave voz de Isabella irrumpió en el templo.
"¡Amigo!" exclamó. Yo me giré y no pude evitar su escandoloso pero silencioso abrazo. Luego un apretado beso en la mejilla y su sonrisa de niña chica.
"¿Qué haces aquí?" le pregunté susurrando.
"Vine a rezar un poco" dijo, observando la imagen de Cristo crucificado, con aquel mirar que busca respuestas.
"¿Aún crees que Él te va a dar respuestas?" le pregunté observandolo tambien.
"Este lugar sólo logra darme tranquilidad" dijo rendida "Pero más allá de eso, en mi cabeza aún no hay respuestas"
Sin decirle nada, sabiendo que sería una larga charla, comencé a desplazarme lento hacia el frente de la catedral, buscando la oscuridad de alguna sombra abordando alguna banca para poder sentarnos a hablar. Ella me siguió en silencio, tratando de no hacer ruido con el roce de sus zapatillas con el encerado piso. Nos sentamos siempre mirando la imagen del grandisimo y en ese momento me pregunté ¿Qué tan santo hay que ser para saber tomar las exactas decisiones?
"¿Cómo has estado?"
"Mejor que tú" le contesté.
Estoy seguro que se giró a mirarme.
"¿Cómo están las cosas con él?" le pregunté yo.
"Todo está muy bien" dijo con un tono de tranquilidad que hace tiempo no persivía en su voz "Ayer fuimos donde mi abuelo y él me acompañó"
"Entonces..."
"¿Entonces qué?" me preguntó.
"¿Todo va a acabar?"
"No puedo" me dijo como siempre "Me es tan dificíl dejar todo atrás"
"¡Pero es que Isabella, ya ha pasado mucho tiempo y yo...!" le estaba diciendo cuando interrumpió mi hablar posando su mano sobre mis labios.
"Yo sabía que vendrías para acá" me dijo seria, quizás un poco grave "Te llamé durante la tarde a tu casa y tu hermana me dijo que vendrías hacia el sur. Así que decidí encontrarme contigo aquí, porque te conosco lo suficiente como para saber que estarías acá" me dijo.
Sólo la observé rogandole que no tuviera nada malo que decirme, y es que todo iba tan bien, que algo malo podría embarrar de suciedad todo el buen momento.
"¿Qué pasó?" le pregunté.
Y me contó su macabra hipotesis.
"¿Crees que él está con ella?" le pregunté extrañado, jurandome no dejar que las dudas me invadieran.
"No sé. Ella siempre quiere sobresalir por nosotros, y él le sigue el estupido juego. He visto situaciones muy dudosas. No sé que pensar" dijo.
Yo sólo pude suspirar y rezar con los ojos cerrados para que la historia no se volviera a repetir.
viernes, 31 de julio de 2009
Capìtulo 2: Virus

Aprendí que las mujeres son capaces de liberar un tipo de infección que es capaz de contagiar solamente a los hombres, un virus silencioso capaz de alojarse en nuestra mente y en el mecanismo de nuestras acciones. Lo descubrí aquel lunes que terminé con Alejandría. Era el día en que mamá trabajaba todo el día y mis dos hermanos iban al colegio en la tarde. Supuestamente la llamaría ese día para que fuera a pasar la tarde conmigo, pero no lo hice. No la quería ver. Así que tomé el teléfono y la llamé. Le dije que la junta fue todo un exito, que la había pasado muy bien, y que quería terminar con ella. Creo que estuvimos discutiendo una hora y un poco más, escuchandola gritar, yo diciendole que ella había fallado y ella diciendo que si no volvíamos se suicidaría. Lo tomé como la tipica pataleta del fin, aunque tomé mis precauciones.
Sinceramente, unos meses atrás nunca me habría imaginado aquella situación, sí, tengo que ser sincero, ya que pensaba que lo nuestro nunca iba a terminar, sin embargo, las cosas sólo ocurren y hay que seguir. El problema fue que en ese entonces yo no lo veía así.
El primer síntoma de haber adquerido el virus feminino es cuando tus amigos te reclaman y enfurecidos te dicen "Parecí mina" Y semanas después, en un intento de Pablo y Jack por distraerme de lo sucecido, me di cuenta que el primero ya estaba contagiado. Ese día, muy temprano en la mañana, me llevaron al mall Plaza Vespucio: el mall del pueblo. Lo llamaban así porque ahí llegaba la familia de la Legua, la José Maria Caro y un montón de comunas periféricas que colindaban con el gigante comercial. La Navidad y Año Nuevo se aproximaban, así que Pablo iba empeñado en comprarse ropa para las proximas ocaciones. Fuímos a Ripley, Falabella, Johnson y Almacen París. Recorrimos las secciones de poleras, camisas y blue jeans de cada una de las tiendas recíen nombradas. Hasta que llegó el momento en que con Jack dedujimos que Pablo ya se había decidido, se nos acerca y nos dice "No me gustó nada" observando algunos de los estantes con blue jeans, buscando convencerse de alguna prenda a la fuerza "¿Vamos al Mall Florida Center?" nos preguntó con una sonrisa desplegada de oreja a oreja. Me dolían las piernas y ya comenzaba a escuchar a mi estomago pidiendome comida, pero no quise desilusionarlo diciendole que su intento por "despejarme" estaba fracasando, así que lo seguimos hasta el Florida Center, el competidor directo del Plaza Vespucio. Y allá fue lo mismo, una tienda tras otra, una sección tras otra, para llegar donde nosotros y rascandose los pelos castaños nos dijo: "¿Saben qué? Me gustó mas una polera y un jeans que vi en Falabella del Plaza Vespucio ¿Vamos?" Y no alcanzamos a responderle cuando se da la media vuelta y emprendé el caminar hacia la salida. Es ahí cuando Jack decreta el diagnostico.
"Este conchesumadre parece mina, gueón" dijo entre dientes.
Notoriamente mi amigo estaba en lo correcto. Pablo se había contagiado de la capacidad de las mujeres de no tomar la decisión en el momento que tiene que tomarla, dejandose envolver por el lado sentimental de sus cerebros. Temía de que Pablo pensara que si no compraba la polera roja, esta comenzara a llorar.
"¡Roberto!" gritaba. Quizás era el quinto llamado que hice esa noche del primero de Enero. Hace una hora habíamos despedido al 2005 y ya estábamos disfrutando de los primero minutos del 2006.
"¿Por qué se demora tanto?" reclamó Pablo.
Jack y yo lo miramos dejándole en claro que él no tenía derecho a reclamar.
Fue cuando el pequeño jardín se vio iluminado por la luz del living al abrirse la puerta. Roberto salió en camisa y blue jeans, con el pelo húmedo de crema, listo para... para ir a sentarnos un rato a la plaza. Sí, porque no había que ir a buscar ni ver a nadie más, o por lo menos era eso lo que yo creía.
Fue a eso de las tres de la madrugada cuando del que menos me lo esperaba salió una idea que me desagradó.
"¿Vamos a ver a Alejandría?" preguntó al grupo Jack. Y ese sería el inicio de lo que casi fue el fin.
"Si, deberíamos ir a verla" dijo Víctor, un quinto y no menos importante integrante del grupo.
"Yo me quedo" dije con obviedad.
"¡Pero vamos!" me invitó Roberto.
"No" dije riendo "Ustedes saben que yo ni loco me voy a meter a esa casa" dije, haciendo notar mi disgusto por la idea.
Era noche de Año Nuevo y lo que más quería era estar con ellos ¿Por qué no veían eso?
"Vamos un rato" dijo Pablo "Y después volvimos"
"Ya" contestaron todos a coros.
¿Los había contagiado Alejandría de un cancer que los hacía estar con ella? O mucho peor ¿Estaban de acuerdo con ella después de lo que había ocurrido?
"¡Es una perra!" ladró Paty. Ella la odiaba desde la primera vez que la vio. Decidí partir a su casa la tarde del dos de Enero. Los chicos nunca más llegaron la noche del primero.
"No sé" dije, tratando de entenderlos "Ella es mujer y quizás los necesita más que yo a ellos"
"Pero ellos son tus amigos y no pueden preferirla a ella por sobre ti" reclamó "De verdad que no los entiendo"
Yo tampoco.
A pesar de todo, no me quería dejar abordar por la melancolía y la soledad, así que del tema me olvidé, pero no me defendí, lo que más tarde repercutió con devastación, ya que comenzaron a ocurrir situaciones que me harían emprender un viaje del cual retorné hace muy poco. Para empezar a entrar en el tema, les hablaré un poco de Víctor. Víctor era el chico revolucionario del grupo, de pelos largos, escuchaba música pesada, iba contra el sistema y no creía en Dios. Me agradó desde el momento en que Pablo dijo que en la población había llegado un compañero del liceo a vivir en el pasaje donde Roberto vivía. Era ese amigo que te arreglaba el computador, el que te acompañaba a internet y con el que podías ver peliculas toda una tarde de invierno. Le tenía confianza y le contaba todo lo que ocurría con Alejandría. Fue así como aquel verano empezaron a demarcarse demasiadas cosas. Jack y Víctor pasaban días enteros con Alejandría. Eran casi íntimos. Y yo comencé a afiatarme más hacia Pablo. Roberto jugaba un papel neutro dentro de todo lo que estaba sucediendo.
Recuerdo que Pablo llegó a mi casa la primera semana de Marzo. Las clases en el liceo ya habían empezado.
"Creo que Víctor y Alejandría están juntos" me dijo.
No sé por qué, pero mi cuerpo pareció despegar del piso. Sinceramente no lo podía creer.
"¿Víctor?" le preguntó la parte racional de mí.
"Extraño ¿Cierto?" me dijo él.
Siendo sinceros, Víctor no era muy agraciado. Era ese prototipo de hombre alto y descuidado de sí, con aquella nariz de tabique parecido al de una fractura expuesta, no teniendo ni siquiera voz para hablar con una mujer.
"Jack me dijo algo la semana pasada, yo yo los vi en San Bernardo el otro día" relató.
Fue raro escuchar el nombre del Jack, ya que no nos veíamos muy seguido.
Esa noche me preguntaba por qué me dolía escuchar lo que Pablo vio, si ya no eramos nada. Tal vez me estaba contagiando de algo que no me quería enfermar: la inmadurez.
Lo peor que Alejandría y Víctor pudieron hacer fue tratar de ocultar lo que tenían. Mi ex volvió al grupo y era de todos los fines de semana verla con nosotros en la plaza, descargando miradas de complicidad con mi amigo, si es que le podía llamar así. Y así fue como me di cuenta de algo que era sumamente terrible y vicioso. Me había contagiado del llanto desahogador que las mujeres ocupaban para sufrir los dolores de la vida. Me escondía en la oscuridad de la cocina, después de una noche de junta, y ahí dejaba salir todo, pero a la vez todo se iba quedando guardado. La rabia y la pena dejaron fluir a otro yo, mientras que el verdadero se escondió en un cuarto del cual en mucho tiempo no pudo salir
Capítulo 1: El Punto

Ocurrió en un momento que a veces no puedes recordar. Quizás ellos no lo recuerdan, ni tú tampoco. Tan sólo sucedió y de alguna forma u otra es sólo un recuerdo imborrable, pero no importante. Sin embargo, creo que es el inicio de un algo y el fin de los sueños. Fue aquel instante en que dejamos de ser los reyes del mundo y pasamos a ser insignificantes piezas de nuestras desiciones, algoritmos de las ecuaciones en las cuales nosotros decidiremos quienes son X y quienes son Y.
El punto en que las Navidades dejaron de ser un Noviembre de ansias y las vacaciones dos semanas de felicidad se fijó en mi vida a los quince años de edad. Mi novia, Alejandría, había bebido más de la cuenta esa noche, y como siempre, era yo el que tenía que afirmarle sus negros cabellos grasos mientras le sobaba la espalda al vomitar.
"Vota todo, mi amor" le decía, aguantando el putrefacto olor del Pisco rancio y los tallarines de la tarde. Ella se retorcía al momento que su estomago hacía todo lo posible por expulsar el elixir de alcohol y papas fritas descompuesto en él. Recuerdo que nos acostamos en la pieza de Pablo, el dueño de la casa y la junta organizada. Se acurrucó hacia el rincón y su consiente de apagó. Por un momento le acaricié el pelo, bajo la oscuridad, la única que veía mi pena por estar con alguien tan así. Sentía que me habia enamorado, pero por otro lado un algo me obligaba a preguntarme si tenía la suficiente experiencia para decir que a los quince años ya soñaba con una casa e hijos. Fue cuando se despertó y me miró, se acercó y me besó. Puedo asegurar que no fue un exquisito beso, pero le correspondí la caricia, para evitar una estupida discusión. Me abrazó y dejó que la exitación ahogara su cuerpo. Sinceramente, aunque no era de mi agrado besar a una borracha, le seguí el juego hasta rozar el placer de tocar su cuerpo y besar su morena piel.
Los domingos sus padres, una neurotica y un ex reo, caminaban alrededor de una hora para llegar al punto evangelico. Ella cuidaba a los hijos de su hermana que ya no vivía en aquel departamentucho. Entonces, para sasear los nervios que me desgarraban la cintura, la iba a visitar. Nos escondíamos en la pieza de sus progenitores, un cuarto de dos por dos metros, con una cama de plaza y media, con un viejo y robusto armario reduciendo aún más el espacio en aquel lugar. Los dos pequeños estaban en el living-comedor-cocina, viendo Shrek, la película que nos permitía una hora y algo de sexo amateur. Pero para esa tarde había un acuerdo hecho, pactado la noche anterior, cuando entre gemidos me dijo que quería perder la virginidad. En realidad, ese era el nombre que yo le ponía, como un tipo de pantalla para mi mente de niño, porque en realidad ella me había dicho "Lo quiero hacer por adelante"
Alejandría tenía en ese entonces diechiochos años. A mi madre no le agradaba, después de que protagonizáramos una fuerte discusión en una once de viernes. Estaba a meses de salir de cuarto medio y ya había cazado a un joven para irse a vivir en su soñado departamento de Providencia, comprarse su Toyota Yaris y tener un hijo igualito a él: yo. Y en esa tarde nos disponíamos a hacer "El pruebe". Ella se preocupó de escucharse gritar lo más fuerte que podía y yo de susurrarle vacíos "te amo" los cuales estoy seguro que eran dichos por el yo que quería creer que quería todo lo que ambos soñábamos.
"Y ese va a ser el recuerdo de mi primera vez" le dije a Jack, unas tardes después de lo sucedido.
"¿Y ella no era virgen?" me preguntó extrañado.
"Ya no sé que pensar" le dije agotado.
"No te ves bien"
"No te ves bien"
"Algo raro me está pasando hacia ella" le dije con sinceridad, mostrándole mi angustia "Pero no sé que puede ser"
Jack sólo se dedicaba a escuchar, ya que él era, por así decirlo, el más retraído del grupo, y del tema no tenía mucho que opinar. A demás, su mente aún estaba en pañales, no teniendo muchas ideas o consejos que aportar.
"Mira, no te miento, todo con ella es genial, pero hay algo que no va bien hace tiempo. Si tan sólo supiera lo que es"
Mi mente ya quería comenzar a explorar otras cosas, equivocarse y pelear, desilusionar e ilusionar, saber la verdad y saborear el placer de las mentiras, pero yo no la escuchaba, y por mucho tiempo dejé que los demás influyeran en mis movimientos a seguir.
Pablo era el que se creía sobresaliente, pero era un simple mortal, igual que nosotros. De él lo que puedo contar es poco en aquel año que transcurría. Hasta aquel entonces salía con una misteriosa Tamara, de un liceo comercial ubicado en Gran Avenida, donde yo tenía un grupo de tres amigas. Ella vivía a veinte minutos a pie del pasaje en donde todos vivíamos. Por lo que él me contaba, era alta, de pelo castaño y tes blanca, y como todos creíamos que eran las chicas a esa edad:
"La mina es bacan conmigo" me decía.
Y así era, todas eran unas princesas en nuestro cuento de hadas, hasta el momento en que despedasaban sus trajes y se convertían en feroces dragones que nos querían calcinar a toda costa.

Era el caso de Roberto, el mayor del grupo. Para su desgracia se había enamorado de la que era un caso perdido para él, mi amiga de la iglesia: Paty. Mi amiga Paty, de hasta ese entonces de dieciocho o diecinueve años de edad, no recuerdo bien, era aquella adolescente de población que nunca se quedaba callada frente a ninguna injusticia, siempre tenía algo que decir, y desde la noche de mi cumpleaños número quince, pasó a convertirse en la mujer del grupo, y el amor de Roberto. El único problema era que, a pesar de que mi amigo era un fino cazador de chicas, Paty lo veía como un gran amigo, muralla irrompible en las mujeres.
Para Roberto cada carrete o asado que se hacía, era una nueva oportunidad para llegar al frío corazón de mi amiga. Pensaba lo mismo de las visitas que le hacía, de los regalos que le daba, sin embargo, en el grupo nadie era capaz de decirle que estaba perdiendo el tiempo. Y a pesar de todos los "No" él había tomado una desición, había decidido dejar ser el niño que era hábil en el baloncesto y optó por jugarse todas sus cartas frente a la mujer que tan sólo podía pensar en él como un excelente y buen amigo.
"¿Por qué no pueden probar siquiera?" me preguntaba las veces que no había nadie y nos tomabamos un cooler en el jardín de mi casa "A mi no me importaría tener que probar sus labios para que ella decida si me quiere como amigo o como algo más" decía, mientras sorbía un poco del vino con sabor a manzana.
"¿No has pensando en rendirte?" le pregunté ya desinterezado en el repetido tema.
"Creo que es lo mejor" decía melancólico.
Pero hacía falta una noche de jerga, unos cortitos de Pisco y el licano, como él se apodaba, volvía a la caza de la princesa imposible. Y pensar que ahora no se pueden ni ver.
Y llegó el fin de segundo medio. Estudiaba en un liceo de hombres en el centro de la capital, y los dos primeros años, primero medio y segundo medio, respectivamente, era el tiempo que te daban para elegir que electivo continuar. Junto a Sebastian y Marcelo seguimos Biólogo Matemático, aunque tiempo después me daría cuenta que mi vocación iba por otra parte.
Obviamente, como todo fin y comienzo, viajamos al norte de la ciudad para celebrar con una fiesta la despedida de segundo. Estaba todo dispuesto; alcohol, bebidas, papas fritas y mujeres. Marcelo fue con su homologo mujer, su hermana Adeliz... disculpen la talla, pero es que eran muy iguales. Yo fui acompañado por la que en ese entonces era mi mejor amiga, Andrea, y su compañera de curso, Beatriz.
Para ese día de Diciembre, a unas dos semanas de cumplir dieciséis, las cosas con Alejandría no iban bien. Sinceramente la idea de ser lo que ella quería que fuéramos me empezó a asustar, el problema era que no sabía como decirselo, ya que la vez de tratar de asomar hacia la luz el tema, todo se convirtió en una escandolosa discusión. Estaba atrapado tras las ideas de un hombre, sin embargo, era un niño que sólo quería correr, no sabiendo como iniciar la carrera. Pero gracias al destino, o lo que sea, esa noche había alguien que me iba a dar el empujón, el gran empujón, yo tenía que estar listo para lo que se aproximaba.
Beatriz me hizo sentarme a su lado, despúes de bailar toda la noche y beber un poco más de la cuenta.
"¿Qué es lo que les gusta a los hombres que nosotras les hagamos cuando tienen sexo?" me preguntó con su trabada lengua.
Yo reí con desborde, y me acurruqué en su falda, luego me giré hacia su mirar y observé las estrellas. Dejé de sonreír y en mí reformulé la pregunta: "¿Qué he esperado yo que Alejandría me haga cuando estamos en la cama?"
"Si ocupas el arma que Dios les dio, no creo que nunca más tengas que hacer esta pregunta" le dije levantándome, poniéndome a la altura de sus ojos. Beatriz tenía esa exquisita cabellera que a mí me derretía por completo. Y para buena suerte mía, me siguió el juego.
"¿Y cual es esa arma, según tú?" me preguntó.
"¿Y cual es esa arma, según tú?" me preguntó.
"La sedución" le respondí.
Luego fue el sillón y a la hora ya había tomado la determinante desición de finalizar mi extraña y sínica relación con Alejandría, lo que desencadenaría en una serie de eventos que me harían aprender de esto llamado vida.
martes, 21 de julio de 2009
Un Poco Más
Tomo la electroradiografía. Me cuenta que le hacían mover las extremedidades y la maquina alcanzaba a fotografiar el paso de la electricidad recorrer sus nervios y el rededor de sus venas. Y es increible. Se puede ver el nido tan temido por todos; tan insignificante y destructivo. Lo abrazo dejandome abordar por el nudo de mi pecho, y él, como siempre, sonríe como si nada pasara, porque para él nunca nada ha pasado.
Es extraño nuevamente sentir aquella angustia asesina, oscura, porque las respuestas ambiguas vuelven. Nadie prefiere decir nada, sólo optan por hacer más reuniones para estudiar el dificíl caso.
Observo nuevamente el examen y miro el tamaño de la malformación, y unos pequeños números me dicen que mide tan sólo cinco milimetros. Cinco milimetros de sufrimiento e incertidumbre, de no saber cual es la mejor decisión para él, y sólo hay llamadas y papeles encima del escritorio.
"Puede que quede con secuales graves" dicen los médicos "Así que vamos a analizar el caso" y son horas más de esperar y esperar, y de verlo a él sonreir como si nada pasara.
Es extraño nuevamente sentir aquella angustia asesina, oscura, porque las respuestas ambiguas vuelven. Nadie prefiere decir nada, sólo optan por hacer más reuniones para estudiar el dificíl caso.
Observo nuevamente el examen y miro el tamaño de la malformación, y unos pequeños números me dicen que mide tan sólo cinco milimetros. Cinco milimetros de sufrimiento e incertidumbre, de no saber cual es la mejor decisión para él, y sólo hay llamadas y papeles encima del escritorio.
"Puede que quede con secuales graves" dicen los médicos "Así que vamos a analizar el caso" y son horas más de esperar y esperar, y de verlo a él sonreir como si nada pasara.
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